El olor de la comida que ella preparaba todavía existe en algún lugar de la memoria que no se borra. No importa cuánto tiempo pase. Entrar a una cocina con ese olor específico —el de la comida hecha con amor, con las manos que conocían de memoria cada receta, cada gusto, cada hambre— es encontrarla de nuevo por un segundo. Y luego recordar. Dicen las Escrituras: “Sus hijos se levantan y la llaman bienaventurada” (Proverbios 31:28), y hoy, ese versículo es nuestra única verdad.
Nuestra madre, Paula López, era de esas mujeres que el mundo moderno no sabe bien cómo valorar, porque su grandeza no se medía en títulos ni en logros visibles. Se medía en platos servidos. En domingos que nunca faltaron. En la certeza, que todos sus hijos llevamos grabada adentro, de que sin importar dónde estuvieras ni cuánto tiempo hubiera pasado, si llegabas a su casa a la hora del almuerzo, había un plato esperándote. Y si te atrevías a decir que no tenías hambre, te encontrabas con ese enojo suave y firme que solo las madres saben hacer: el que dice te lo preparé con amor y lo vas a comer.
Fue esposa, madre y ama de casa con una dedicación que hoy entendemos mejor de lo que la entendíamos cuando la vivíamos. Nos enseñó a ser hombres y mujeres de bien. Nos llevó a misa todos los domingos desde que teníamos uso de razón. Estuvo presente en todos los bautizos, en todas las primeras comuniones, en todas las confirmaciones, en todos los casamientos de sus hijos. Aunque la migraña fuera fuerte ese día, aunque el cuerpo le pidiera descanso, ella estaba. Cuando le decíamos que se sentara, que descansara, que nos dejara hacer, respondía con una convicción que ahora suena a profecía: “Si me quedo quieta, más rápido me voy a morir.”
Tenía razón. Ella era movimiento. Era presencia. Era la cocina encendida y el mantel limpio y el olor de la comida lista cuando llegabas.
Y era también los cuetillos a las cinco de la mañana.
Esa es una de las memorias que más duele y más alegra al mismo tiempo, porque es de las que no se repiten. Ningún cumpleaños pasaba sin que ella, acompañada de sus hijos, se organizara en silencio la noche anterior para hacer lo que siempre hacía: entrar al cuarto del cumpleañero antes del amanecer, con los cuetillos listos, y quemarlos ahí, cerca de la cama, despertando a quien cumplía años con ese ruido y ese olor inconfundible que lo decía todo sin necesidad de palabras. Hoy es tu día. Estamos aquí. Te queremos.
No era un gesto sencillo el que hacía. Era un gesto que requería querer. Madrugar, organizarse, no olvidar la fecha, incluir a los demás. Era su manera de decirle a cada hijo, en el momento más privado de su día —los primeros segundos de un nuevo año de vida— que no estaba solo. Que había una madre que contaba sus años con más cuidado del que él mismo los contaba.
Ahora los cumpleaños llegan diferentes. Sin ese ruido a las cinco de la mañana que antes se recibía con sueño y con risa, y que hoy se recuerda con un nudo en la garganta y una sonrisa al mismo tiempo. Porque así es la memoria de los que amaron bien: duele y calienta en el mismo instante.
Los domingos que ella preparaba
Aunque sus hijos ya vivieran con sus propias familias, aunque tuviéramos parejas y hogares separados, el domingo tenía una ley no escrita que todos conocíamos y todos cumplíamos: el almuerzo era en su casa. Ella lo preparaba, con la ayuda de sus hijas, con esa mezcla de organización y amor que convertía una comida en un sacramento familiar.
No era solo comida. Era el momento en que todos volvíamos a ser hijos al mismo tiempo. En que las conversaciones se cruzaban y las risas llenaban la mesa y ella supervisaba desde la cocina que a nadie le faltara nada. Que todos estuvieran. Que todos estuvieran bien.
Ese ritual dominical era su manera de decirnos, semana a semana, lo que las palabras no siempre alcanzan a decir: aquí está su casa. Aquí están sus raíces. Aquí los quiero a todos por igual.
Y los quería igual. No con la igualdad abstracta de quien no tiene favoritos porque no conoce bien a ninguno, sino con la igualdad concreta de quien conoce a cada uno en su particularidad —sus miedos, sus sueños, sus heridas— y elige amar a cada uno en lo que es. Amaba a sus nietos y nietas con esa misma medida. Cada uno era el favorito cuando estaba con ella.
Lo que mayo de 2013 le dejó
En mayo de 2013, nuestra familia perdió a nuestro hermano. Tenía 21 años y partió de una aneurisma cerebral. Fue el primer gran duelo de la familia, y nadie lo vivió más profundamente que nuestra madre. En ese momento, ella fue para nosotros el reflejo vivo del Stabat Mater: “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre” (Juan 19:25).
Desde ese día, algo en su cuerpo se rompió también. Le cayó el azúcar. Perdió el setenta y cinco por ciento de la audición. Llegaron otros males que el dolor cargado en silencio suele traer cuando encuentra un cuerpo donde instalarse. Pero lo que nunca se rompió fue su fe ni su amor.
Lo recordó todos los días hasta el día de su propia partida. No con el peso aplastante de quien no ha podido seguir, sino con el amor sereno de una madre que sabe que sus hijos no se pierden, que se adelantan. Que los que se van primero son los que esperan primero.
Y como si el amor tuviera una aritmética misteriosa, la pérdida del hermano no disminuyó su amor por los que seguíamos con ella. Lo multiplicó. Nos miró diferente desde entonces. Con más ternura, si eso era posible. Con más urgencia de tenernos cerca. Con más gratitud por cada domingo compartido, por cada plato servido, por cada abrazo que no se postergara.
Cada domingo era su manera de decirnos: aquí están sus raíces. Aquí los quiero a todos por igual.
Un sueño que Dios no cumplió como esperábamos
Ella tenía un pedido concreto a Dios. No era un pedido de salud ni de años. Era un pedido de presencia: poder llegar a los quince años de mi primera nieta. Lo decía con esa claridad de las personas que saben lo que quieren y lo que piden. Si Dios me da eso, soy feliz.
Dios no lo permitió de la manera que ella esperaba. Se nos fue dos años antes de que su primera nieta llegara a esa fecha.
Hay momentos en que la fe tiembla frente a ese tipo de cosas. No frente a los misterios grandes y abstractos, sino frente a los pequeños y concretos: la fiesta que no pudo ver, la nieta que llegó a sus quince sin la abuela que tanto quería estar. Esos son los dolores que cuesta más procesar, porque no tienen filosofía que los alcance.
Lo que sí tiene la fe es algo diferente: la certeza de que ella ve lo que nosotros todavía no podemos ver. Que desde donde está, esos quince años los celebró también en la verdadera alegría. “Las almas de los justos están en manos de Dios, y no les alcanzará tormento alguno” (Sabiduría 3:1). Ella está. No en el lugar donde esperábamos verla físicamente, pero está en la presencia de Dios que todo lo une.
Reflexión desde la Fe: La paz al pie de su caja
Hay algo que necesitamos contar porque creemos que puede ayudar a quien está leyendo esto en medio de su propio duelo.
Su partida fue instantánea. La diabetes, que había ido cobrando su precio durante años, se la llevó de un momento a otro. Sin aviso. Sin una despedida larga en cama. Un momento estaba, y al siguiente ya no. Eso tiene su propio peso — diferente al de quien acompaña una enfermedad larga y tiene tiempo de prepararse. Cuando alguien se va así, de repente, la mente tarda en procesar lo que el corazón ya sabe: que la realidad cambió para siempre en un instante que nadie vio venir. Fue impactante. No hay otra palabra.
Y aun así, el día de su velorio, nadie lloró de manera inconsolable sobre su caja.
No porque no la amáramos. Sino porque sentíamos paz. Una paz que no construimos nosotros, que no decidimos tener, que simplemente estaba. La paz de quien ha sido formado en una fe que dice que esto no es el final. La serenidad de quien llora y al mismo tiempo sabe, con una convicción que el dolor no alcanza a borrar, que algún día nos volveremos a ver. “Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus fieles” (Salmo 116:15).
Lo supimos llevar con serenidad. No con frialdad, no con negación. Con la serenidad que viene de creer de verdad lo que se profesa.
Eso no significa que no duela. Duele. Duele cada vez que pasa un domingo diferente. Duele en la cocina, en el olor que ya no está, en el plato que ya nadie pone donde ella lo ponía. Pero el duelo y la paz pueden coexistir. No se contradicen. Eso también lo aprendimos de ella.
La Iglesia enseña que la comunión con los que partieron no se interrumpe (CIC §958). Que podemos seguir ofreciéndoles oraciones, misas, rosarios, que llegan hasta donde están y les ayudan si todavía necesitan esa ayuda (CIC §1032). Que el amor no es una conversación que termina con la muerte. Solo cambia de forma.
Y el cielo que Jesús prometió —“En la casa de mi Padre hay muchas moradas… voy a prepararos un lugar” (Juan 14:2)— tiene espacio para las madres que pasaron su vida preparando lugares para otros. Para las que abrieron su mesa todos los domingos. Para las que enseñaron la fe con el ejemplo antes que con las palabras.
Nos llevó a misa todos los domingos. Nos enseñó a rezar. Esa herencia no tiene precio.
Una Oración por una Madre que Siempre Tuvo un Plato Listo
Señor Jesús, Tú que tuviste una madre y conoces lo que es amarla y perderla, recibe hoy nuestra oración por la nuestra.
Por las manos que cocinaron con amor durante décadas. Por los domingos que preparó para que todos volviéramos. Por los platos que sirvió aunque el cuerpo le doliera. Por la fe que nos enseñó con su ejemplo, llevándonos a misa, persignándonos, rezando por cada uno de nosotros todos los días.
Por el dolor que cargó en silencio desde que perdió a su hijo, y por el amor que creció en lugar de menguar. Por el sueño que no alcanzó a ver cumplido, y por la paz con que nos dejó cuando su momento llegó.
Si todavía necesita de tu misericordia, completa en ella lo que la vida dejó incompleto. Y si ya está en tu presencia, que interceda por todos los que ella amó con esa misma fidelidad con que nos amó aquí.
En los domingos que ya no son iguales, en los almuerzos que tienen un lugar vacío, en los cumpleaños y las fiestas que ella hubiera querido ver, recuérdanos que no la perdimos. Que solo cambió de mesa.
Amén.
Este artículo está dedicado a Nuestra Madre, Paula López, de parte de sus hijos González López, quien partió en noviembre de 2024. Que cada domingo que su familia se reúna a comer sea una manera de honrar lo que ella construyó.
