Este artículo nació de un dolor que conocemos desde adentro.
En mayo de 2013, nuestra familia despidió a nuestro hermano. Tenía 21 años. Estuvo un mes y medio en cuidados intensivos después de una aneurisma cerebral que llegó sin aviso, sin señales previas, sin darle tiempo a nadie de prepararse. Pasamos semanas en pasillos de hospital, rezando rosarios en sillas incómodas, pidiéndole a Dios que hiciera algo que no hizo. Y cuando partió, el silencio que dejó fue de un tipo que no habíamos conocido antes.
No vamos a pretender que tenemos respuestas completas. No las tenemos. Nadie las tiene. Pero sí tenemos lo que encontramos en medio de ese dolor, y lo que encontramos fue suficiente para sostenernos. No para explicar lo sucedido. Para seguir de pie después de que sucedió.
Si estás leyendo esto porque perdiste a alguien joven —un hermano, un hijo, un amigo, alguien que no debería haberse ido todavía— queremos que sepas primero esto: no tienes que encontrarle sentido para tener derecho a estar destrozado. El dolor que sientes no es exagerado. Es proporcional al amor. Y ese amor es real.
Lo que no vamos a decirte
Antes de ir a lo que la fe sí ofrece, necesitamos dejar claro lo que este artículo no va a hacer.
No vamos a decirte que “todo pasa por alguna razón”. Esa frase, aunque la dicen personas de buena voluntad, no tiene sustento bíblico ni doctrinal cuando se aplica a la muerte de un joven. Dios no necesitaba a tu hermano más de lo que te lo necesitabas tú. No lo llamó porque tenía un “plan mejor” que lo requería en el cielo con urgencia. Esa teología, aunque suena consoladora, es falsa y puede hacer un daño enorme a largo plazo.
No vamos a decirte que “al menos no sufrió” o que “ya está mejor”. Esas frases, aunque buscan aliviar, invalidan el duelo de quienes se quedaron. Tú sufriste. Sigues sufriendo. Y eso no está mal.
No vamos a decirte que si tuvieras más fe, dolería menos. La fe no es anestesia. Jesús tenía la fe más perfecta que ha existido, y lloró junto a la tumba de Lázaro.
Lo que sí vamos a hacer es acompañarte en las preguntas más difíciles, con la honestidad que mereces y con la verdad bíblica que —aunque no explica todo— sostiene.
La pregunta que nadie quiere hacer en voz alta
¿Por qué Dios lo permitió?
Es la pregunta que se esconde debajo de todas las otras. La que aparece a las tres de la madrugada cuando el dolor no deja dormir. La que a veces genera culpa solo por formularla, como si tener esa pregunta fuera una traición a la fe.
No es una traición. Es la pregunta más honesta que existe. Y la Biblia Católica no la evita.
El Salmo 22 comienza con estas palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mis gemidos y de las palabras de mi clamor?” (Salmo 22:1-2)
Esas palabras no las escribió alguien sin fe. Las escribió el rey David, hombre según el corazón de Dios. Y las repitió Jesús mismo desde la cruz —el Hijo de Dios, en el momento de mayor oscuridad, clamó lo que cualquier ser humano en el sufrimiento extremo clama: ¿dónde estás?
Que tengas esa pregunta no significa que estés perdiendo la fe. Puede significar exactamente lo contrario: que todavía te importa Dios lo suficiente como para reclamarle. El que ya no cree no le reclama a nadie.
Lo que la Iglesia dice sobre el por qué del sufrimiento
El Catecismo tiene una respuesta que es honesta en su límite: “¿Por qué Dios no creó un mundo tan perfecto que no pudiera existir ningún mal en él? Con su poder infinito, Dios podría siempre crear algo mejor. Pero con su sabiduría y bondad infinitas, Dios quiso libremente crear un mundo ‘en estado de vía’ hacia su perfección última.” (CIC §310)
Y añade algo que es crucial: “La Providencia divina puede permitir el mal físico o moral, con el fin de sacar de él un bien mayor.” (CIC §311)
Esto no dice que la muerte de un joven sea un bien. Dice que Dios puede sacar bien de ella. Hay una diferencia enorme. El mal sigue siendo mal. El dolor sigue siendo dolor. Pero Dios —que es padre, no espectador— no desaparece en el sufrimiento. Trabaja desde adentro de él.
San Pablo lo escribió desde la cárcel, no desde un sillón cómodo: “Sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para el bien.” (Romanos 8:28) No dijo que todas las cosas son buenas. Dijo que cooperan para el bien. El bien que Dios saca de la muerte de un joven no siempre lo vemos desde aquí. A veces solo se ve desde más lejos, con más tiempo, con más eternidad.
Lo que la Biblia Católica dice sobre los que mueren jóvenes
Aquí está uno de los pasajes más importantes para este duelo, y uno de los más ignorados: el libro de la Sabiduría, conservado en la Biblia Católica completa, fue escrito precisamente para consolar a quienes veían morir a personas buenas antes de tiempo.
“El justo, aunque muera antes de tiempo, hallará descanso. La vejez venerable no es la de muchos años, ni se mide por el número de años; la cana es la prudencia de los hombres, y la edad avanzada es una vida sin mancha.” (Sabiduría 4:7-9)
“Alcanzó la perfección en poco tiempo y así cumplió largos años; pues su alma era agradable al Señor, por eso lo arrebató pronto de en medio de la maldad.” (Sabiduría 4:13-14)
Lee eso otra vez despacio. “Alcanzó la perfección en poco tiempo y así cumplió largos años.” La Escritura dice que el tiempo de Dios no se mide como el nuestro. Una vida vivida con intensidad, con amor, con apertura a Dios, puede cumplir en 21 años lo que otros no alcanzan en 80. No porque la muerte joven sea el plan de Dios. Sino porque Dios ve lo que una vida fue, no solo cuánto duró.
Eso no quita la injusticia que sientes. No le cierra la herida a quien se quedó sin su hermano, sin su hijo, sin su amigo. Pero pone la vida que fue en el lugar correcto: en las manos de un Dios que la conoció completa, que vio en ella lo que nosotros vemos y lo que no vemos, y que la recibió.
“Las almas de los justos están en manos de Dios, y no les alcanzará tormento alguno.” (Sabiduría 3:1)
Una vida corta no es una vida incompleta. Dios conoce lo que cada vida fue en su totalidad.
Reflexión desde la Fe: Jesús también lloró
Hay un versículo en el Evangelio de Juan que en español tiene solo dos palabras. Dos palabras que contienen más teología que muchos libros:
“Jesús lloró.” (Juan 11:35)
El contexto: Lázaro acaba de morir. Jesús sabe —porque es Dios— que en minutos va a resucitarlo. Sabe que esto tendrá un final feliz. Y aun así, cuando ve el dolor de María y de quienes lloraban con ella, Dios encarnado se detiene. Siente. Y llora.
¿Por qué llora quien puede resolver la situación? Porque el dolor humano le importa. No es un espectador distante que observa el sufrimiento con ecuanimidad cósmica. Es un Padre que se conmueve cuando sus hijos sufren. El Catecismo lo expresa: “La fe cristiana sabe que nuestra muerte no es el fin de todo, gracias a Cristo que ha ‘destruido la muerte’ (2 Timoteo 1:10).” (CIC §1011 adaptado)
Dios no estuvo ausente en la UCI donde agonizaba nuestro hermano. Estaba ahí. Llorando con nosotros. No porque hubiera fallado. Sino porque nos ama de una manera que incluye quedarse con nosotros en lo que duele, no solo en lo que alegra.
Y el mismo Jesús que lloró junto a la tumba de Lázaro fue quien luego llamó a Lázaro por su nombre y lo devolvió a la vida. El que llora con nosotros tiene también el poder de llamar a los muertos por su nombre. Lo hará. En la resurrección definitiva, llamará a tu hermano, a tu hijo, a tu amigo, por el nombre que Dios les dio antes de que existieran. Y ese llamado no tendrá respuesta de muerte.
Vivir con la pregunta sin que la pregunta te destruya
Puede pasar que la pregunta sobre el por qué nunca tenga una respuesta completa en esta vida. La fe no promete respuestas. Promete compañía.
Lo que sí puedes hacer con esa pregunta es llevarla a Dios directamente, sin filtros, sin palabras bonitas. Dios no se ofende por la honestidad del que sufre. Lo que le ofende, si es que algo le ofende, es la hipocresía del que finge estar bien cuando está destrozado.
El Catecismo dice que la Providencia de Dios es el cuidado con que guía hacia su fin todo lo que ha creado (CIC §302). No siempre lo entendemos desde aquí. Pero la fe nos pide confiar en que ese cuidado existe, incluso cuando no lo vemos. Especialmente cuando no lo vemos.
La fe que no ha pasado por la oscuridad no es fe probada. La que salió del otro lado de la noche —herida, pero en pie— es la que vale.
En el lugar donde el dolor es más concreto, la esperanza también puede ser más concreta.
Una Oración para Quien Perdió a Alguien Joven
Esta oración no es para quien ya no tiene lágrimas. Es para quien tiene demasiadas y no sabe qué hacer con ellas.
Señor, no tengo palabras ordenadas hoy. Solo tengo el peso de una ausencia que no debería estar todavía aquí.
No entiendo. No voy a fingir que entiendo. Pero tampoco quiero alejarme de Ti porque no entiendo.
Recuerda que Tú también lloraste. Que conoces desde adentro lo que pesa una despedida demasiado pronto. Que no eres ajeno al dolor de los que se quedaron mirando una cama vacía, un lugar en la mesa vacío, un nombre en el teléfono que no saben si borrar.
Por quien se fue tan joven, te pedimos que hayas estado con él/ella en ese tránsito. Que lo/la hayas llamado por su nombre como llamaste a Lázaro. Que lo/la tengas en tus manos como dice la Sabiduría que tienes a los tuyos.
Y por nosotros que seguimos aquí: no nos pidas que lo entendamos. Solo pídenos que confiemos. Y ayúdanos a confiar cuando no podemos solos.
Amén.
Este artículo fue escrito en memoria de nuestro hermano González López, que tenía 21 años cuando partió en mayo de 2013. Que este texto llegue a quienes más lo necesitan, y que su vida corta siga siendo luz para quienes atraviesan la misma oscuridad que vivimos nosotros.
