Hay cosas que un padre hace en silencio y que solo se entienden con el tiempo. El pan que llegaba en la madrugada sobre la mesa de la cocina. El abrazo que te daba mientras dormías, cuando él volvía de un viaje largo y la casa entera estaba en sueños. Los pasos que escuchabas —o que no alcanzabas a escuchar porque ya era muy tarde— y que significaban que había vuelto. Que estaba. Que todo estaba bien.
Nuestro padre, Juan González, no tuvo estudios. No necesitó. Tuvo algo más difícil de enseñar en ninguna escuela: la disposición de trabajar sin descanso para que sus hijos tuvieran lo que él no tuvo. Pasó la mayor parte de su vida al volante de un camión, recorriendo rutas de ida y vuelta, día y noche, con la responsabilidad de una familia entera sobre los hombros y sin quejarse jamás de ese peso.
Llegaba en la madrugada después de un viaje largo y se iba de nuevo muy temprano para el siguiente. A veces no lo lográbamos ver en días. Pero lo sentíamos. En el pan que aparecía. En la casa que seguía en pie. En la certeza silenciosa de que había alguien que, aunque no estuviera, estaba.
Fue un padre que el camino se llevó mucho tiempo. Pero fue también un padre que, en los últimos años de su vida —cuando el trabajo le permitió quedarse más cerca— nos devolvió el amor que el tiempo le había impedido dar antes. Y lo hizo sin que nadie se lo pidiera. Como si supiera que había una deuda de abrazos y de presencia, y quisiera saldarla antes de que fuera tarde.
Amó a sus nueras como si fueran sus hijas. A sus nietos y nietas les daba la vida entera. Los llevaba a la escuela, los iba a traer, los escuchaba. En ellos encontró una versión de la paternidad que de joven no pudo vivir completa. Y la vivió con una ternura que a veces nos dejaba sin palabras.
Partió el 20 de septiembre de 2025. Tenía 67 años.
El hombre que rezaba el rosario y leía la Biblia
Junto a nuestra madre, nuestro padre nos regaló algo que hoy vale más que cualquier herencia material: una Biblia a cada uno de sus hijos.
No fue un gesto simbólico. Fue una declaración. Una manera de decirnos: esto es lo que importa. Esto es lo que dura. En estas páginas está la promesa que ni la muerte puede romper.
Esa Biblia hoy es todo para nosotros. La abrimos y encontramos sus huellas —no físicas, sino espirituales. La voz de un hombre que leía estas páginas una y otra vez, que encontraba en ellas algo que el mundo no podía darle, que creyó hasta el final que las promesas escritas ahí eran verdad.
Porque él creía. No con la fe tibia de quien cumple por costumbre. Con la fe concreta de quien va a misa todos los domingos, de quien reza el rosario con una regularidad que enseña sin palabras, de quien lee la Biblia no para cumplir sino para encontrar. Era de los que se sentaban con el libro abierto y lo recorrían despacio, como quien busca algo que sabe que está ahí.
En los últimos tiempos trabajaba para la iglesia. No en funciones de jerarquía ni de visibilidad. En el aseo exterior, en los quehaceres sencillos que mantienen el lugar de encuentro con Dios en condiciones de recibirlo. Era lo suyo: el servicio sin aplausos, el trabajo que se hace porque debe hacerse y porque el lugar donde se hace merece lo mejor.
El día que partió
Ese septiembre de 2025, mientras trabajaba en el exterior de la iglesia, el calor del mediodía guatemalteco era intenso. Él estaba ahí, cumpliendo su tarea con la misma entrega de siempre, cuando comenzó a sentirse mal.
Lo llevamos al hospital más cercano de inmediato. Los doctores nos pidieron que esperáramos afuera.
Cuando volvieron a salir, traían en el rostro la noticia que ningún hijo quiere recibir.
La tristeza que invadió nuestros corazones en ese momento era de las que no se describen. No porque fuera inesperada en abstracto —todos sabemos que los padres se van algún día— sino porque él nunca se quejaba. Era de esos hombres que rara vez enfermaban, que cuando el cuerpo les dolía lo callaban y seguían. Él mismo lo decía con esa franqueza directa que lo caracterizaba: “Yo no me enfermo, pero el día que lo haga, será la única vez.” Lo decía casi como una broma. Como si supiera que cuando llegara el momento, llegaría de una sola vez, sin preámbulos, sin despedida larga.
Y así fue.
Dios en su infinita misericordia nos concedió algo que no pedimos pero que recibimos como gracia: la fortaleza de no llorar desconsoladamente sobre su cajón. No porque no doliera. Sino porque él mismo nos había preparado para ese momento sin que lo supiéramos.
Porque él nos había dicho, más de una vez, que cuando partiera se reencountraría con su viejita. Con nuestra madre, que se había ido apenas diez meses antes. Nos lo decía con una certeza que no era resignación sino fe. La fe de quien ha leído la promesa en su Biblia y le creyó.
Y nos dejó algo más que una certeza: una instrucción. Que permaneciéramos en el camino del bien. Que nos mantuviéramos en la fe. Que el día de nuestras propias partidas, fuéramos llegando de a poco al mismo lugar. Que la familia no quedara dividida por la muerte, sino que la muerte fuera reuniendo lo que la vida había separado por el tiempo y la distancia.
Nos regaló una Biblia a cada uno. En sus páginas está la promesa del reencuentro que él ya cumplió.
La promesa que él creyó: el reencuentro en la Biblia Católica
Esa Biblia que nuestros padres nos regalaron no es solo un libro. Es el mapa del camino que ellos recorrieron antes que nosotros, y que nosotros recorreremos después de ellos.
Y ese mapa tiene una promesa que se repite de principio a fin, con más claridad cada vez: los que mueren en el Señor no desaparecen. Se adelantan.
El libro de la Sabiduría —que nuestros padres leían en su Biblia Católica completa— lo dice con una certeza que no deja espacio para la duda: “Las almas de los justos están en manos de Dios, y no les alcanzará tormento alguno. A los ojos de los insensatos parecía que habían muerto, y su partida se tomó por una desgracia… pero ellos están en paz.” (Sabiduría 3:1-3)
Están en paz. No “esperamos que estén en paz”. No “quizás están en paz”. La Escritura habla en presente. Están. En manos de Dios. En paz.
Y Jesús, el mismo Jesús cuya historia nuestro padre leía en esa Biblia cada vez que podía, hizo una promesa que ningún hombre en la historia ha podido hacer con la misma autoridad: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá.” (Juan 11:25-26)
Él creyó eso. Lo vivió. Lo transmitió. Y ahora lo sabe de una manera que nosotros todavía no podemos saber.
El Catecismo enseña que los fieles difuntos pueden ser ayudados por las oraciones de los vivos, especialmente por el sacrificio de la Misa (CIC §1032). Y que la comunión entre los que vivimos aquí y los que ya partieron es real, sostenida por el amor de Dios que no conoce fronteras ni muerte (CIC §958). Esa comunión es la que nos permite seguir hablándoles. Seguir amándolos. Seguir sintiéndolos parte de la familia que todavía camina.
“Ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 8:38-39)
Ni la muerte. Tampoco la muerte de un padre.
Oraciones para rezar por él
Oración para el primer momento de dolor
Señor Jesús, hoy el dolor es más grande que mis palabras. Por eso tomo prestadas las tuyas, las que dijiste junto a la tumba de Lázaro, cuando lloraste como lloramos nosotros.
Recibe a mi padre en tus manos. Tú que lo conociste antes que yo, que contaste cada uno de sus días, que estuviste con él en los viajes largos y en las madrugadas que no alcanzamos a verlo llegar, llévalo ahora a la plenitud de lo que le prometiste.
Si todavía necesita de tu misericordia purificadora, dásela con la generosidad que solo Tú puedes dar. Y si ya está junto a mamá, junto a su viejita, que descansen juntos en la paz que aquí construyeron y que allá encontrarán completa.
Amén.
Oración en el aniversario de su partida
Padre nuestro que estás en el cielo, hoy se cumple un año desde que Juan González cruzó el umbral que Tú preparaste.
Lo extrañamos en todo lo que no pudo ver, en las decisiones que tomamos sin poder preguntarle, en el camino que sigue y que él ya recorrió entero.
Pero también te damos gracias. Por los años que nos dio. Por el pan de la madrugada. Por la Biblia que nos regaló y que hoy es nuestra brújula. Por el ejemplo de un hombre que trabajó sin quejarse y que al final encontró el tiempo para amarnos de todas las maneras que antes no pudo.
Que esta oración llegue hasta donde está. Que sepa que lo recordamos. Que seguimos en el camino que él nos señaló.
Amén.
Oración para los momentos de duda
Señor, hay días en que el silencio de su ausencia pesa más que cualquier promesa. Días en que el camino parece largo sin él al final del teléfono.
En esos días, ayúdame a abrir esa Biblia que me regaló. A encontrar en ella lo que él encontraba: la voz de Alguien que no abandona, la promesa que no caduca, la certeza de que “aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo.” (Salmo 23:4)
Si él creyó esto con su vida entera, dame la gracia de seguir creyéndolo con la mía.
Amén.
Él recorrió el camino antes que nosotros. Y nos dejó instrucciones para llegar al mismo lugar.
Reflexión desde la Fe: El padre que partió y el Padre que permanece
Una de las gracias inesperadas del duelo por un padre es que, en el proceso de buscarlo en la memoria y en la oración, muchos descubren de una manera nueva al Padre que nunca se va.
El cielo que Jesús prometió —“En la casa de mi Padre hay muchas moradas… voy a prepararos un lugar” (Juan 14:2)— tiene espacio para los padres que pasaron su vida en el camino. Para los que trabajaron en silencio sin que nadie los aplaudiera. Para los que rezaron el rosario en la oscuridad, leyeron la Biblia una y otra vez, y transmitieron a sus hijos la única herencia que la muerte no puede tocar.
Nuestro padre nos dijo que cuando partiera se reencuntraría con nuestra madre. Y nos pidió que permaneciéramos en el camino del bien, para que el día de nuestras propias partidas fuéramos llegando de a poco al mismo lugar donde ellos esperan.
Eso es la comunión de los santos: no una doctrina abstracta, sino una familia que sigue siendo familia a través de la muerte, sostenida por el amor de Dios y por la promesa de un reencuentro que los que creyeron ya están viviendo.
La Biblia que nos regalaron juntos —ellos dos, Juan y su esposa— tiene en sus páginas esa promesa. Cada vez que la abrimos, los encontramos ahí. No porque el papel los tenga. Sino porque la Palabra que ellos creyeron es la misma Palabra que los sostiene ahora y que nos sostendrá a nosotros cuando llegue nuestro turno.
“Ni la muerte ni la vida… ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios.” (Romanos 8:38-39)
Ni siquiera la distancia entre este mundo y el otro.
Una Oración Final: Por Juan González y por todos los padres que partieron
Señor Dios, Padre de todos, te encomendamos a Juan González, que pasó su vida en el camino para que su familia tuviera casa, que rezó el rosario y leyó tu Palabra hasta el final, que partió un día de septiembre mientras servía a tu Iglesia, con la misma entrega silenciosa con que vivió todo lo demás.
Recíbelo junto a su esposa, que se adelantó apenas diez meses antes. Que el reencuentro que él anunció con tanta certeza sea tan real como fue su amor por ella.
Y a nosotros, sus hijos, que seguimos en el camino que él nos señaló, danos la perseverancia para llegar. Que la Biblia que nos regalaron juntos siga siendo nuestra brújula. Que las promesas que ellos creyeron sean las promesas que nosotros vivamos.
Y que el día en que cada uno de nosotros cruce ese umbral, los encontremos esperando, como él nos esperó tantas madrugadas: sin ruido, con amor, y con el pan listo sobre la mesa.
Amén.
Este artículo está dedicado a nuestro padre, Juan González, que partió el 20 de septiembre de 2025, a los 67 años, mientras servía a su Iglesia. Que el camino que recorrió en esta vida sea la luz que ilumina el que nosotros todavía recorremos.
